Pasen y vean

martes, 12 de abril de 2016

Inframundo interior

lo que me gustaba de él era lo de dentro,
después de unas cuantas puertas,
con sus respectivos candados,
tenía un gran mundo interior,
acogedor, reguardado y limpio,
como si poca gente entrase en él,
una estanteria llena de libros,
alguno de Salem,
y unas cuantas poesías subidas de tono,
música instrumental y una guitarra,
partituras manchadas con café y tazas vacías,
un sofá para dos en el que yo no cabía,
y una mesa con una pata coja,
una alfombra de pelo,
y un gato negro y blanco que maullaba,
ruido de fondo y una cabeza pensante,
fotos con amigos y amigos interesantes,
me sentaba allí al fuego de la chimenea,
y me quedaba dormida noches y noches,
retumbaba en aquella cálida estancia cada palabra que me decía,
me guardé un te quiero,
porque aquel día supe que no volvería.

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